Lo cierto es que todos y cada uno de nosotros nacemos con potencial imaginativo. Cuando somos pequeños este se expresa libremente, más cuando crecemos y desarrollamos nuestras capacidades cognitivas, progresamos al mundo del realismo. Es en este momento cuando muchas personas reprimen o desconectan su imaginación. Quizá comenzamos a pensar que esta es cosa de niños y otorgamos un excesivo valor al pensamiento lógico.
Como en muchos otros ámbitos de la vida lo saludable se encuentra en el punto medio. Crecer no ha de significar volverse rígido o inflexible. Ceñirnos a lo puramente tangible nos priva de la capacidad de innovar, de fantasear y trasladar a la realidad esa idea fresca y diferente.
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